A veces no se escribe para contar una historia, sino para sostener una pregunta.
La suma de las señales nació de esa necesidad: no narrar un enigma, sino explorar qué ocurre cuando la realidad empieza a perder densidad y la conciencia intenta aferrarse a algo que ya no es del todo firme.
Este cuento no propone una resolución. Propone una experiencia. Trabaja desde lo sugerido, desde lo que apenas se deja ver, siguiendo la poética del iceberg: lo esencial no se dice, se presiente. Las señales, los objetos fuera de lugar, los sonidos y las palabras aisladas no buscan ser descifrados, sino sentidos como síntomas de una grieta más profunda.
Escribirlo fue una forma de interrogar la memoria, la percepción y la identidad. ¿Qué parte de nosotros sigue creyendo en una realidad estable cuando todo alrededor parece volverse tenue? ¿Qué hacemos cuando la explicación ya no alcanza y solo queda la intuición?
Comparto aquí este relato como quien deja una puerta entreabierta. No para que alguien la cruce del todo, sino para que se detenga un momento en el umbral.
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