La suma de las señales
I
En el pasillo había una palabra escrita con grafito. El polvo la había adoptado como si también ella fuera parte del edificio. Todavía. Al leerla sintió en la lengua un gusto metálico, una aspereza que no venía de la voz sino del tiempo. Pensó —sin creerlo— que las cosas recuerdan.
II
Días después encontró otra frase en el espejo del ascensor. No es tarde. La vio primero al revés, incrustada en su reflejo. Durante un instante tuvo la impresión de que no estaba leyendo una inscripción, sino la cicatriz de algo ocurrido antes de que ella fuera ella.
III
La siguiente señal fue una llave fría sobre el felpudo. Luego, una fotografía sin imagen.
No las guardó. Las dejó donde estaban, como se deja una prueba que no se quiere admitir.
Desde entonces comenzó a tocar las paredes al caminar. No por miedo, sino para asegurarse de que todavía ofrecían resistencia.
IV
Después vinieron los sonidos. Tres golpes en la pared contigua, siempre cuando la noche empezaba a retirarse. Tres llamadas que se cortaban al atender. Tres veces su nombre pronunciado en la calle por voces sin rostro.
No sintió persecución. Sintió algo peor, la impresión de estar siendo reconocida por un mundo que ella misma había dejado de reconocer.
Empezó a notar detalles mínimos. El olor a papel húmedo en su departamento, la temperatura distinta de los objetos que nadie tocaba, la demora inexplicable de ciertas sombras.
Soñó con pasillos interminables. En ninguno había puertas.
V
Las apariciones se volvieron más densas, no más claras.
Un reloj detenido en una hora que no recordaba haber vivido.
Una moneda sin país.
Un cuaderno en blanco cuyas páginas conservaban calor.
Una flor seca dentro de una taza.
Una carta sin sobre.
Cada objeto producía una reacción física. Mareo leve, nudo en la garganta, presión en las sienes, como si el cuerpo reconociera algo que la conciencia se negaba a formular.
No intentó comprender. Empezó a recordar sin imágenes. No hechos, sino omisiones. No escenas, sino versiones posibles de sí misma.
VI
Con el tiempo dejó de registrar las cosas. Empezó a registrar los espacios entre ellas.
Descubrió que esos intervalos no eran neutros. Se ensanchaban, como si la realidad necesitara cada vez más silencio para sostenerse.
Comprendió —sin decirlo— que nadie le estaba dejando mensajes. Que lo que llamaba señales era el esfuerzo desesperado de una parte de sí por aferrarse a una forma estable del mundo.
Tal vez la realidad no se rompe. Se vuelve tenue. Y entonces uno inventa pruebas.
Una noche escribió en un papel que después no encontró. Nada empieza solo.
Pero al recordarla sintió que no la había escrito, sino reconocido.
Desde entonces desconfía de las explicaciones. Pertenecen a un mundo donde las causas aún preceden a los efectos.
Ella vive ahora en otro régimen, donde las cosas aparecen antes que su sentido, donde la memoria no reconstruye el pasado, sino que intenta, inútilmente, sostener el presente.
Y entiende —con una lucidez que no la tranquiliza— que el verdadero misterio no es quién deja las señales, sino quién, dentro de ella, sigue fingiendo que la realidad es una sola.
Bio de autora
Lilian Costantino es escritora y docente argentina. Desarrolla su obra entre la narrativa breve, la microficción y el relato de atmósferas, con especial interés en los cruces entre memoria, identidad y percepción de lo real. Su escritura explora lo enigmático y lo metafísico desde una sensibilidad poética, donde lo sugerido prevalece sobre lo explícito. Participa activamente en proyectos culturales y educativos vinculados a la promoción de la lectura y la escritura creativa.