martes, 24 de marzo de 2026

La noche en que los perros no ladraron



“Hay historias que no se contaron.
Pero quedaron en los cuerpos.
Esta es una de ellas.”

Había una vez…
Pero nadie dijo el resto.
La galería respiraba humedad.
 La pared, descascarada, dejaba caer polvo como una lluvia lenta.
Tom apoyó el cuerpo contra ella.
 Pesado. Tibio.
 Vivo.
—Shhhh… —le dijo, con la boca pegada a su oreja—. Yo te cuido.
El perro no respondió.
 Solo clavó la mirada en la calle.
Entonces, el ruido.
Un motor que no arrancaba, rugía.
 Pasos.
 Golpes contra un portón que no era el suyo.
Tom no ladró.
Ella se escondió detrás de su cuerpo, hundiendo los dedos en su pelo corto, como si pudiera quedarse ahí para siempre.
—No mires —susurró—. No mires…
Pero los sonidos entraban igual.
Voces que no conocía.
 Algo metálico que se tensaba en el aire.
 Un corte seco.
Después, los pasos corriendo.
 Luego… nada.
Un silencio tan grande que parecía haber aprendido a respirar.
La luz se encendió.
 Unos brazos la alzaron.
Tom las siguió.
Esa noche, nadie explicó nada.
A la mañana, la casa de enfrente tenía las ventanas cerradas.
 Como ojos.
Nadie volvió a salir.
Ella creció.
 Aprendió palabras que no estaban en los cuentos.
Pero nunca olvidó eso otro.
La noche en que los perros no ladraron.
 Y el cuerpo de Tom, temblando sin moverse.

                                                                               “Porque lo que no se nombra, vuelve.
Y lo que se recuerda… resiste.”
 “Nombrar lo que pasó es la única forma de que no vuelva a pasar.”
“La niña que fui todavía escucha…
 y la mujer que soy no la deja olvidar.
 Fue en marzo de 1976.”

Lilian Raquel Costantino 
Plaza Huincul 24 de marzo 2026 , Neuquén Argentina
Reservas de Ley.No al Plagio

jueves, 19 de febrero de 2026

AMOR: GRACIAS POR NADA

Gracias por la herida que no sangra, pero pesa,

por el silencio que aprendí a escuchar en tu voz,

por las promesas que eran solo eco de lo que nunca dijiste

y sin embargo me dejaron sorda un tiempo largo.

Gracias por el hueco con forma de tu mano

que todavía se abre cuando estoy sola en la cama,

por enseñarme que confiar también es un verbo defectivo

y que algunos futuros se escriben con lápiz borrable.

Gracias por las noches que conté estrellas imaginarias

porque las reales no alcanzaban para llenar el espacio

que dejaste al irte sin hacer ruido,

como quien cierra un libro y no vuelve a abrirlo nunca.

Gracias por nada,

de verdad.

Porque en esa nada tan completa

aprendí a ponerle nombre a lo que sí queda,

yo,

entera,

aunque con algunas piezas todavía desajustadas.

Y ahora que el vacío ya no asusta,

sino que respira conmigo,

te devuelvo el gracias

como quien devuelve una prenda que nunca le quedó bien.

Toma.

Quédate con tu nada.

Yo me quedo con la mía,

que ya empezó a florecer.


Gracias: por nada

(continuación)

Viniendo de ti, el gracias quedan grandes

y el nada es el todo.

Así es que atribuirle las gracias a un desamor

sería ineficaz, casi ridículo,

cómo darle las gracias al desierto

por no haberte dado agua.

No podría agradecer algo de lo cual

no fuiste capaz de regalar,

porque no se da si no se tiene

y en tu pecho solo habitaban

 ecos de promesas

que ni siquiera llegaste a pronunciar.

Gracias por nada, entonces,

pero no por lo que no diste,

sino por lo que me obligaste a darme a mí misma

cuando entendí que el amor no mendiga

ni se conforma con migajas de atención.

Gracias por la ausencia que me enseñó

a no pedir permiso para existir entera,

por el silencio que me devolvió mi propia voz,

por el vacío que terminé llenando

con mis propios colores,

con mis propios ruidos,

con mis propios amaneceres sin esperar el tuyo.

No te agradezco el daño,

te agradezco la lección de no confundirlo

con amor.

Y ahora que el gracias ya no te cabe,

me lo quedo yo.

Pequeño, tibio, mío.

Un gracias chiquito pero verdadero

por haberme mostrado

que lo más valioso

nunca estuvo en tus manos.

Quédate con tu nada.

Yo me llevo el todo

que construí mientras vos mirabas para otro lado.


Víctimas o victimarios

se reúnen bajo el mismo juego,

en la misma mesa redonda de espejos rotos,

donde cada quien elige su máscara

antes de sentarse.

Uno llega con el pecho abierto,

sangrando agravios antiguos,

“mira lo que me hicieron”, dice,

y el otro asiente, comprensivo,

mientras afila en silencio

el mismo cuchillo que usó ayer.

Se sientan frente a frente,

pero en realidad están espalda con espalda,

girando en círculos,

turnándose el rol sin aviso:

hoy víctima, mañana verdugo,

pasado mañana juez y parte.

El juego no tiene ganador,

solo turnos eternos.

Porque el verdadero truco

es que nadie quiere bajar del tablero:

ser víctima da derecho a reclamar,

ser victimario da poder de castigar.

Y así siguen,

repartiéndose el dolor como naipes marcados,

acusando, perdonando a medias,

volviendo a herir para no sentir tanto

el peso de su propia herida.

Hasta que uno, cansado,

tira las cartas al piso y murmura:

“¿Y si dejamos de jugar

a ver quién sangra más lindo?”

Pero el otro sonríe, triste,

y baraja de nuevo:

“Sin este juego… ¿qué nos queda?”

Amor, gracias por nada…

o por todo lo que duele igual.

¿Seguimos la partida

o quemamos la mesa juntos?

jueves, 15 de enero de 2026

La suma de las señales

La suma de las señales

I
En el pasillo había una palabra escrita con grafito. El polvo la había adoptado como si también ella fuera parte del edificio. Todavía. Al leerla sintió en la lengua un gusto metálico, una aspereza que no venía de la voz sino del tiempo. Pensó —sin creerlo— que las cosas recuerdan.
II
Días después encontró otra frase en el espejo del ascensor. No es tarde. La vio primero al revés, incrustada en su reflejo. Durante un instante tuvo la impresión de que no estaba leyendo una inscripción, sino la cicatriz de algo ocurrido antes de que ella fuera ella.
III
La siguiente señal fue una llave fría sobre el felpudo. Luego, una fotografía sin imagen.
No las guardó. Las dejó donde estaban, como se deja una prueba que no se quiere admitir.
Desde entonces comenzó a tocar las paredes al caminar. No por miedo, sino para asegurarse de que todavía ofrecían resistencia.
IV
Después vinieron los sonidos. Tres golpes en la pared contigua, siempre cuando la noche empezaba a retirarse. Tres llamadas que se cortaban al atender. Tres veces su nombre pronunciado en la calle por voces sin rostro.
No sintió persecución. Sintió algo peor, la impresión de estar siendo reconocida por un mundo que ella misma había dejado de reconocer.
Empezó a notar detalles mínimos. El olor a papel húmedo en su departamento, la temperatura distinta de los objetos que nadie tocaba, la demora inexplicable de ciertas sombras.
Soñó con pasillos interminables. En ninguno había puertas.
V
Las apariciones se volvieron más densas, no más claras.
Un reloj detenido en una hora que no recordaba haber vivido.
Una moneda sin país.
Un cuaderno en blanco cuyas páginas conservaban calor.
Una flor seca dentro de una taza.
Una carta sin sobre.
Cada objeto producía una reacción física. Mareo leve, nudo en la garganta, presión en las sienes, como si el cuerpo reconociera algo que la conciencia se negaba a formular.
No intentó comprender. Empezó a recordar sin imágenes. No hechos, sino omisiones. No escenas, sino versiones posibles de sí misma.
VI
Con el tiempo dejó de registrar las cosas. Empezó a registrar los espacios entre ellas.
Descubrió que esos intervalos no eran neutros. Se ensanchaban, como si la realidad necesitara cada vez más silencio para sostenerse.
Comprendió —sin decirlo— que nadie le estaba dejando mensajes. Que lo que llamaba señales era el esfuerzo desesperado de una parte de sí por aferrarse a una forma estable del mundo.
Tal vez la realidad no se rompe. Se vuelve tenue. Y entonces uno inventa pruebas.
Una noche escribió en un papel que después no encontró. Nada empieza solo.
Pero al recordarla sintió que no la había escrito, sino reconocido.
Desde entonces desconfía de las explicaciones. Pertenecen a un mundo donde las causas aún preceden a los efectos.
Ella vive ahora en otro régimen, donde las cosas aparecen antes que su sentido, donde la memoria no reconstruye el pasado, sino que intenta, inútilmente, sostener el presente.
Y entiende —con una lucidez que no la tranquiliza— que el verdadero misterio no es quién deja las señales, sino quién, dentro de ella, sigue fingiendo que la realidad es una sola.



Bio de autora
Lilian Costantino es escritora y docente argentina. Desarrolla su obra entre la narrativa breve, la microficción y el relato de atmósferas, con especial interés en los cruces entre memoria, identidad y percepción de lo real. Su escritura explora lo enigmático y lo metafísico desde una sensibilidad poética, donde lo sugerido prevalece sobre lo explícito. Participa activamente en proyectos culturales y educativos vinculados a la promoción de la lectura y la escritura creativa.

miércoles, 14 de enero de 2026

Escribir desde la grieta: notas sobre La suma de las señales

A veces no se escribe para contar una historia, sino para sostener una pregunta.
La suma de las señales nació de esa necesidad: no narrar un enigma, sino explorar qué ocurre cuando la realidad empieza a perder densidad y la conciencia intenta aferrarse a algo que ya no es del todo firme.
Este cuento no propone una resolución. Propone una experiencia. Trabaja desde lo sugerido, desde lo que apenas se deja ver, siguiendo la poética del iceberg: lo esencial no se dice, se presiente. Las señales, los objetos fuera de lugar, los sonidos y las palabras aisladas no buscan ser descifrados, sino sentidos como síntomas de una grieta más profunda.
Escribirlo fue una forma de interrogar la memoria, la percepción y la identidad. ¿Qué parte de nosotros sigue creyendo en una realidad estable cuando todo alrededor parece volverse tenue? ¿Qué hacemos cuando la explicación ya no alcanza y solo queda la intuición?
Comparto aquí este relato como quien deja una puerta entreabierta. No para que alguien la cruce del todo, sino para que se detenga un momento en el umbral.

domingo, 24 de marzo de 2024

Creación

A orillas de un río serrano
Una pequeña niña soñaba
En su mano izquierda tenía una paleta llena de pinturas, diferentes colores la colmaban,
En su mano derecha tenía un pincel 

Decidió pintar con blanco y azul creando una maravillosa pintura que luego llamo cielo, era como lo que luego llamo mar y que pincelo de color azul, solo que más etéreo y esponjoso. 

Pinto con rojo de una pincelada y lleno de frutos maduros su jardín
Luego tomo el amarillo dando color al sol sobre el río y sus reflejos atravesaron lo que había pintado de marrón y a quien llamo tierra.
De verde disfrazó lo que se hallaba entre el cielo y la tierra para que sintiéramos esperanza
De rosa pinto corazones para que hallarán el amor
Y de violeta pinto nuestras almas para que encontramos a dios 

Con índigo nos mostró la bella del arte
Y sabiamente tomo naranja en abundancia sanando a cada uno en su creación.

sábado, 23 de marzo de 2024

Dimensión

No siempre se consigue,
Y aunque en ocasiones pareces alcanzarla
Cómo  agua se escapa entre las manos.
La serenidad 

Ni en sueño puedes proclamarla
Pues allí habitan tus excesos, los que a nadie cuentas, que silenciosos ocupan el espacio existente  entre tu tercera dimensión y el quinto supremo escalón. 

Nadie duerme en el metafísico elevar de cuerpos sutiles habitando cada uno de tus recorridos, escapas para evitar el ruido, coges tus cuatro paredes, cómo único espacio visceral para ser habitado. 

Allí convives con tus ilusiones , tu pereza,tus descuidos , con esos oasis que crea tu mente engañándote, con sus miedos y desatinos.
Consciencia y serenidad son amantes .
Se celan , manipulan ,ellas gobiernan mientras la consciencia te encuentran dormitando la siesta,. 

Los tres escalones determinan la tierra que piso, allí convivimos, durmientes viajeros ,pujando por sostener un resquicio de armonía ,sosiego  ambulatorio , en ocasiones se exilian y llega la calma,  en otras habitan en el imperturbable  destierro,  en otras ,reposan entre sábanas blancas. 


Somos más que lo que decimos

No somos hombres
No somos mujeres
Solo somos la acción que generamos
Cierras la puerta y de nada te pierdes
Somos arena
Salitre desintegrando la esencia de la palabra
Aprendes de tus propios actos y sus consecuencias
Pernoctas en las llamaradas del infierno
No somos niños
No somos niñas
Solo la efímera presencia de lo que no es...

Silencio de viento y fango
Encrucijada
Arena y sangre
Consciencia